Un matrimonio en Marsella
Hay lugares en el mundo que a veces a uno le pueden llegar a fascinar de tal manera que provoca dejarlo todo y quedarse a radicar allí. El futuro es lo que importa y el pasado queda de lado ante las maravillas que a veces ciertas ciudades les ofrecen a muchas personas cuando las visitan. Ciudades que provocan esta sensación son Roma, Los Angeles, Madrid, Sydney, Londres, Buenos Aires, Miami, Tokio, Berlín, París, Lisboa, Barcelona, Atenas, Shangai, Milán, Ámsterdam. Esas son solo algunas de las que cualquiera podría quedar encantando ante todo lo que tienen por mostrar. Pero hubo una que le fascinó de sobremanera a Ignacio. Y no está dentro de la pequeña lista de ciudades que están escritas líneas atrás. Nacho llegó allí ya hace más de un año con su esposa y su pequeño hijo de dos años. Los motivos de su arribo fueron meramente laborales y el tiempo que tenía previsto permanecer en esta ciudad estaba definido por un contrato de corta duración. A lo sumo no excedería los seis meses. Sin embargo, nada le hacía presagiar que Marsella hubiera provocado en él y en su esposa una sensación única de cariño que ninguna otra ciudad les había podido dar. Por su trabajo, Ignacio ya había viajado por otras ciudades tales como Londres, Milán y Ámsterdam. Pero ninguna de esas ciudades logró cautivar el corazón de ambos. Tan solo lo hizo esta ciudad ubicada junto al Mar Mediterráneo. El comienzo no fue muy fácil para los dos. Ignacio sabía lo suficiente del francés para poder desenvolverse de manera correcta en el trabajo de ingeniero que había conseguido. No obstante, su mujer no sabía absolutamente nada acerca de la lengua francesa. Ambos eran españoles y a pesar de la cercanía de los países no sabían todo lo que el francés podía ofrecerles ahora más que nunca tras su llegada a territorio marsellés. Ambos eran conscientes de la situación en la que se encontraban y por eso decidieron en conjunto aprender a manejar de manera adecuada el francés. A las pocas semanas de haberse instalado, salieron en busca de algún instituto de idiomas en donde pudieran aprender el francés de manera integral. Después de analizar varios propuestas, se decidieron por la oferta de uno que les ofrecía una serie de variantes que se adecuaban a sus necesidades de tiempo y de aprendizaje. La primera en comenzar fue la esposa de Ignacio. El aún no tenía tiempo ya que recién estaba integrándose a su nuevo trabajo. Por eso, pospuso el estudio del francés por un tiempo. La que si comenzó sus clases fue Mariana, su esposa. Ella si se matriculó el mismo día que ambos fueron a averiguar las opciones que tenían para estudiar el francés. El instituto que escogió ella le dio todas las facilidades del caso. Horarios flexibles para que pudiera estudiar en las noches cuando Ignacio llegaba y podía cuidar a su pequeño hijo. El ambiente que ella percibía en el instituto era de los mejores. Conoció personas de otros países y sobretodo amigos franceses que le ayudaron a mejorar en gran medida su pronunciación. Ese era el punto débil que tenía respecto a su aprendizaje. En todo lo demás no tenía ningún problema. El tiempo transcurrió y así pasaron algunos meses hasta que Ignacio a pesar del poco tiempo que tenía libre pudo matricularse para estudiar francés. Por eso, se matriculó en un curso de francés general cuyo nivel se encontraba dentro de la categoría regular o normal. No tenía el tiempo necesario para poder estudiarlo de manera intensiva. Felizmente para él, este sistema le sirvió de mucho ya que las clases se avanzaban de una manera más calmada que le permitían recordar y actualizar todos los conocimientos del francés que ya conocía. Con la ayuda de material audiovisual mejoró de manera ostensible su pronunciación y en el aspecto escrito no tuvo mayores problemas ya que ese era su fuerte. Las semanas iban pasando y ambos seguían con el ritmo de sus clases y poco a poco lograban que la barrera de índole comunicacional que un momento podía existir desapareciera paulatinamente con los temas aprendidos en sus respectivas clases. Según lo que me cuentan ambos, los trabajos en grupo y la interacción entre todos los compañeros para ciertas actividades han logrado que puedan manejar el francés de manera básica con suma facilidad. Este hecho ha propiciado que tomaran la decisión de quedarse a vivir en Marsella ya que quedaron fascinados ante todo lo que tenía la ciudad más antigua de Europa. Las visitas y excursiones que se realizaban, les dio el impulso necesario para tomar la decisión de quedarse a vivir en esa ciudad. Llegaron para quedarse unos meses y parece ser que terminarán viviendo por muchos años más en esta ciudad francesa. Quien sabe si es que se quedan para toda la vida.

